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Mientras se escriben estas líneas, el número oficial de fallecidos como consecuencia de las inundaciones en Valencia, Andalucía y Castilla la Mancha supera los 215. Es más, aún se siguen identificado víctimas mortales y las alertas continúan activas en muchos lugares del territorio nacional. Sin ir más lejos, Valencia continúa en alerta naranja.
En estos momentos es más importante que nunca ser prudentes, protegerse y cumplir las recomendaciones de seguridad para quienes viven en territorios en riesgo de sufrir nuevas inundaciones y nuevas tormentas.
El error de pensar que todo ha terminado
En psicología estudiamos un error de pensamiento llamado primacía que nos dificulta –especialmente en momentos de tensión– recordar y contextualizar la información que recibimos inmediatamente después de una imagen o una noticia sobrecogedora.
Eso nos lleva a confundir la primera parte de la información (lo ocurrido) con el todo de dicha información (dónde y cuándo ha ocurrido). Por eso, ahora que los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales están mostrando ya imágenes de los días posteriores a la tragedia de las inundaciones sufridas en varias provincias españolas como consecuencia de la DANA, podríamos pensar, equivocadamente, que lo peor ha pasado ya en todas partes. Cuando la realidad es que hay zonas en las que aún debemos permanecer alerta.
Tener claro en qué momento estamos (si es antes, durante o después de la crisis) y cómo debemos afrontar dicha realidad, nos ayudará a prevenir riesgos, evitar daños mayores y limitar el impacto emocional de estos.
Además de diferenciar las recomendaciones técnicas que damos para cada territorio según el momento de afectación en que se encuentren, conviene prestar especial atención a las poblaciones específicas que afrontan el impacto de estas situaciones de manera diferente.
Ni en todos los lugares está ocurriendo lo mismo al mismo tiempo, ni todos los afectados están experimentado lo mismo ni de la misma manera.
No todos sufren igual: los niños y los ancianos se llevan la peor parte
Toda la población afectada requerirá algún tipo de apoyo psicosocial después de lo vivido hasta ahora y de lo mucho que les queda por vivir en los próximos días y meses. Sin embargo, si diferenciamos por grandes grupos etarios encontraremos algunos patrones generales que puedan ser de utilidad en el acompañamiento específico de niños y ancianos.
Cuando los seres humanos nos enfrentamos a grandes catástrofes debemos dar dos pasos: conceptualizar la crisis y afrontar sus consecuencias.
La tarea de conceptualizar consiste en dar significado y explicación a lo que está ocurriendo. Para lograrlo deberemos superar mecanismos de defensa como la racionalización o la negación, que nos llevan a caer en el peligro de pensar “si fuera tan grave, habrían avisado”, “esto no puede estar pasando”, “es un sueño del que despertaré”. A este respecto, durante el incidente crítico es esencial aceptar, lo antes posible, la realidad de la situación en que nos encontramos. Al fin y al cabo, una diferencia de apenas minutos en el tiempo que se tarde en llegar a la conclusión de que se debe salir del coche o buscar refugio en un lugar seguro puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte.
Inmediatamente después de tomar conciencia del peligro, conviene emprender las acciones de afrontamiento. Lo ideal es que se rijan por el principio PAS (Protegerse, Alertar y Socorrer). Para llevarlas a cabo, hacen falta ciertos conocimientos básicos que nos permitan tomar decisiones seguras, pero también la capacidad física y psicológica para ejecutarlas: romper la luna del coche, desplazarnos a un lugar más elevado, etc.
La población infantil necesita la asistencia de los adultos en ambas tareas: debemos ayudarles a comprender lo que está pasando, ya que aún carecen de herramientas cognitivas suficientes y nos necesitarán, evidentemente, para decidir qué hacer y llevar a cabo las acciones que eviten el peligro.
El mensaje a los niños: podemos superarlo
A la hora de explicarles a los niños lo que está ocurriendo conviene tener en cuenta que los más pequeños experimentan las emociones más de fuera a dentro que a la inversa. Es decir, por un proceso que denominamos hetero-emociones, los niños sentirán lo que perciban que están sintiendo sus figuras de apego en ese momento. Si sus padres les explican (siempre con sinceridad) que lo que ha ocurrido es muy grave, pero transmitiéndoles que ellos mismos se sienten seguros y confiados en que podrán superarlo, esa será la emoción que los niños experimenten.
Por ello es tan importante que estas explicaciones se las dé un adulto capaz de proyectar esa confianza y lo haga en un momento en el que sea capaz de hacerlo. No pasa absolutamente nada si les prometemos que se lo explicaremos un poquito más adelante, cuando estemos más serenos, siempre y cuando cumplamos esa promesa en cuanto nos sintamos capaces de hacerlo.
A los mayores: hacerles sentir útiles
Los ancianos, sobre todo si sus funciones motoras están deterioradas, serán dependientes de los adultos jóvenes en el afrontamiento de estas situaciones. Sin embargo no debemos caer en la infantilización: necesitan ayuda para salir por una ventana, quizás, pero no para entender que ha llegado el momento de hacerlo.
Es más, excepto en casos de demencias o alteraciones cognitivas que responderían a una lógica distinta, su capacidad de comprensión de lo que ocurre puede ser incluso mayor que la de los más jóvenes por su experiencia vital. En el caso concreto de Valencia, los más ancianos pueden haber vivido hasta dos inundaciones previas en las tres últimas décadas.
De hecho, dar a los adultos mayores –que no por ser mayores han dejado de ser adultos– roles de utilidad que les permitan poner en juego toda su experiencia previa, facilitará un mucho mejor y más temprano afrontamiento del impacto emocional de la tragedia.
En este sentido, y en una suerte de cierre del círculo, no se me ocurre una mejor manera de ayudar a un niño a comprender lo ocurrido que la voz serena y confiada de su abuelo explicándole que, cuando él era joven, también pasó algo parecido. Y un tiempo después, los colegios y las casas se volvieron a construir y las niñas y los niños volvieron a jugar en los columpios de sus parques.

Miguel Ángel Estévez Paz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.